Hace muchos años, vivía en Molango un pescador conocido por su carácter firme y su amor por la laguna de Atezca. Cada mañana, partía en su pequeña canoa acompañado de su hija, una joven de rostro sereno y mirada profunda, cuya belleza era tan notable como su bondad.
Ella amaba el agua, los reflejos del amanecer en la laguna y el sonido suave del remo rompiendo el silencio. En una de esas salidas conoció a un joven forastero, de alma libre y sonrisa franca. El amor entre ambos nació como nacen las flores silvestres: sin permiso, pero con fuerza.
Pero el padre, terco y desconfiado, no aprobaba aquella relación. Veía en el joven una amenaza a su honra y a la obediencia de su hija. Cuando ella, con el corazón en la mano, le confesó su deseo de casarse, recibió como única respuesta un rotundo “no”. El mundo de la joven se quebró en silencio.
Dividida entre la lealtad a su padre y el amor que la consumía, pasaba las noches sin dormir, escuchando el viento mecer el agua y preguntándose si alguna vez sería libre. Una noche de luna llena, incapaz de soportar la tristeza, se dirigió sola a la laguna. Se quitó los zapatos, tocó el agua helada y, sin mirar atrás, comenzó a nadar hacia la isla que se alza en el centro.
Esa fue la última vez que alguien la vio.
Los días pasaron. El pueblo la buscó sin descanso, pero nunca encontraron su cuerpo. Desde entonces, comenzaron a surgir los rumores: algunos aseguraban haber visto una figura femenina nadando entre la niebla. Otros decían que, al caer la noche, se escuchaba una voz dulce y lejana cantando desde el centro de la laguna.
Los más viejos del pueblo cuentan que la muchacha no murió, sino que se convirtió en una sirena, atrapada entre dos mundos. Dicen que, aún con el corazón roto, sigue buscando a un amor verdadero. Cada vez que un hombre valiente se adentra en la laguna, la sirena canta para él. Su voz es tan bella que nadie puede resistirse. Y cuando por fin lo tiene cerca, lo envuelve en su embrujo y lo arrastra suavemente al fondo, donde descansan los que no supieron resistirse a su tristeza convertida en canción.
Cada vez que alguien muere ahogado en la laguna de Atezca, los habitantes de Molango no se sorprenden. Se miran en silencio… y aguardan la noche, porque saben que, cuando todo se aquieta, el aire se llena otra vez con el canto melancólico de la sirena.


